
En un conocido ensayo de 1888, Rubén Darío invitaba a “hacer rosas artificiales que huelan a primavera”, resumiendo con ese afortunado símbolo su poética y la dirección de gran parte de la modernidad lírica. ¿Cómo construir un espacio regido por leyes estéticas, un paisaje de cultura? ¿Acaso no está toda realidad mediada por sus lectores? Algunas de las consecuencias de estas preguntas atraviesan Clima artificial de primavera, primer poemario de Ignacio Vleming y uno de los mejores que, en mi opinión, se publicaron el año pasado. “En este invernadero solo se filtra un diez por ciento de luz solar, pero se dan tres floraciones a lo largo del año. / En esta primavera artificial, encerrada entre espejos invertidos y opacos, el tiempo es solamente un sucedáneo”. Con este poema comienza un libro en el que Vleming sienta a dialogar al esplín del Fin de Siglo con el tedio posmoderno, que defiende la autenticidad construida en el quirófano, el aura de las imitaciones y la belleza de los sucedáneos. Pero lo hace derrochando una ironía de esdrújulas y epítetos, yendo de la ingenuidad al patetismo y del patetismo a la ingenuidad: “Melodía enlatada en las calles de Viena, / parodia de sí misma, hermosa en su cinismo”.
Coherentemente construido, Clima artificial de primavera atesora en la vitrina de su imaginario una colección de objetos tan kitsch, groseros y fraudulentos como nuestra intimidad siglo XXI. Recoge también, sin embargo, un poso de dolor, la conciencia súbita de lo que escapa: “Algo se rompe con brusquedad y un ángel se desliza. / Comprenden que la Historia / implica deterioro”. El deseo de ser romántico, que da título a un poema, es también la constatación de su imposibilidad: el fracaso estruendoso de la franqueza sentimental y la mueca que nos deja ese fracaso. Hay en el libro de Vleming un explícito amor a la falsedad que se conecta en secreto con lo ficticio: “Sus ojos son hermosos como ficciones: / expuestos en su frente, faroles radiactivos saturados de azul. // Detrás de su mirada contempla ilusionado la gloria falsa de la belleza. / No es verdad lo que dice pero da igual”. Hay también un enorme amor por aquello que nos mueve risible y conmovedoramente a la impostura, a fingir que cantamos en un karaoke, que viajamos en vez de hacer turismo, que nos amamos en una fotografía. Puede que esa impostura sea mucho más que el punto de partida del arte: quizás sea el punto de partida de la humanidad tal como hoy la entendemos. Sin olvidar, eso sí, que hay un temblor que resiste, testarudo y resbaladizo, en un ángulo obtuso de las reproducciones (como decía Barthes que ocurría con ciertas fotografías). Y sin olvidar tampoco que el reconocimiento de esa impostura, tan ridícula como humana, puede despertar una emoción, ella sí, verdadera.
Entre los varios microcuentos que anidan dentro de este poemario (como “Buzón de voz” o “Efectos del cambio climático en las pinturas de los museos”), me gusta especialmente “Al buio non si trova”, donde se revela que cada cinco minutos, durante un instante, puede escucharse lo mismo en el Palais Garnier y en el metro que pasa bajo el patio de butacas. Lo que se escucha es La Bohème, Puccini mainstream, París de lata. Y sin embargo, sobre el escenario, tiembla el cristal de las lámparas y nosotros temblamos. Como ocurre siempre que uno tiene la fortuna de cruzarse con poesía de la buena.
(La Bella Varsovia, 2012)
(Fuente: revistamercurio.es)

La orientación de las hormigas es, en un sentido joven y feroz, un poemario escatológico. Sus versos se cubren de heces, sangre, semen, pus y lágrimas: derrochan cuerpo. Más allá de indagar en nuestros desechos y su proyección simbólica, la escatología de este libro es una doctrina de futuro. ¿Qué habrá más allá de la destrucción de nuestro cuerpo social? Los poemas responden con un exceso fisiológico a las nuevas formas de la deshumanización. Dentro de esa lógica, los insectos materializan la transformación de lo mismo (la humanidad) en lo otro (las hormigas). Su aparición abre una grieta a través de la cual se cuela aquello que nos atrae y nos repugna al mismo tiempo, resistiéndose a la racionalización: «Kafka me lanza cucarachas desde la parte judía del cementerio» (Erika Martínez, texto de contraportada).
*
CANINO
He salivado como un perro
-descendiente de Pávlov
con la boca repleta de moscas-
todas las veces que asoma y procura un encuentro.
Me he saltado todas las señales de STOP!
con el objetivo de que un coche me estampe hacia la izquierda
y volar.
He llamado al sol infierno y al calor autoestima.
He cortado la piel que me sobra de la oreja
para sentirme un poco más usado.
Escucho por placer el ritmo de otros testículos
golpeándome
y bailo
ti-ro-te-a-do.
La orientación de las hormigas (Renacimiento, 2013)

Que Eduardo Chirinos (Lima, 1960) es un poeta enorme lo sabe cualquiera que haya leído El equilibrista de Bayard Street (1998), Abecedario del agua (2000), Breve historia de la música (2001), Escrito en Missoula (2003) o Mientras el lobo está (2010). En Anuario mínimo, editado este año por Luces de Gálibo, Chirinos escribe sobre Chirinos. Y, como todo gran escritor, lo hace hablando de otras cosas. Parientes, libros, tigres, amores. “No es de mi padre de quien quiero hablar, sino de bicicletas”. Mientras la autoficción ondea su bandera en el paisaje de la novela en castellano, Chirinos rompe el espejo de la autobiografía y nos entrega los pedazos. Desde su prólogo, este libro responde al deseo declarado “de reunir al azar breves fragmentos” más que a “la frondosa voluntad de construir una autobiografía”. Pero en esta captatio benevolentiae se esconde –con la inteligente discreción que cultiva el autor peruano– toda una poética y una declaración de principios: la vida es tan azarosa e intermitente como lo son sus relatos. Vida y literatura cobran forma en cada elección que hacemos, pero también en cada renuncia, en lo que surge de ellas. Ceci n’est pas une autobiographie.
Como los huecos que deja la prosa entre fragmento y fragmento, la memoria está llena de blancos. De la música que nunca escucharon tus padres, de los libros que no había en tu casa, del último año de colegio: “Fiesta de promoción (a la que no fui), tener una novia (que no tuve), elegir una universidad (a la que no ingresé)”. Nada podría explicarse sin sus vacíos. Quizás sea la conciencia agudísima de esta verdad lo que da temblor a este libro. “Hace algunos meses –escribe Chirinos– cumplí cincuenta años. Un poco por nostalgia quise escribir el poema que se me negó a los dieciocho. Pero preferí no hacerlo. Querer –como poder y deber– no es un verbo que conmueva a la poesía. Así que, una vez más, me resigné al silencio. Este libro nació de ese silencio”.
El anuario consta de dos fragmentos por año, desde 1960 hasta 2010. Aunque no sea esa la única razón sobre la que se apoya el título. Suena también un eco de otro género: el de aquellos volúmenes que se publican anualmente como guía de algunas profesiones. Porque este libro es al mismo tiempo la historia de un hombre y de una vocación. Una indagación detectivesca en la génesis de la palabra. Pero también una constatación de que no hay escritura sin deterioro (“Mis orejas arruinan la sintaxis, echan a perder el sentido, modifican a su antojo los significados”), sin herida (sueños que abochornan, profesores que ridiculizan), sin delirio (delirar, recuerda Chirinos, significaba en su origen salirse del surco, o sea, del verso, “sembrar de manera incorrecta”). Hay en este libro un dolor ajeno al dramatismo que no deja de recordarnos, con ternura y toques autoparódicos, que la literatura nos reconcilia con la existencia. Lector y escritor comparten la misma habitación, como un hermano que lee al otro sus textos: “Él siempre me escuchaba muy serio. Después nos reíamos de tanta seriedad y apagábamos la luz”.
Anuario mínimo está lleno de recovecos, pliegues de donde surgen los otros. Los muertos cobran presencia, se adensan, mientras los vivos adquieren un aire fantasmal: “Uno nunca sabe cómo reclaman los afectos. No pasa un mes sin se aparezca para conversar en mis sueños. Me gustaría saber si él me recibe para conversar en los suyos”. Nunca se sabe de qué lado sucederá el encuentro entre vivos y muertos, soñadores y ensueño, entre todos los ausentes. Ejemplares en su belleza, son los dos fragmentos de la entrada dieciocho donde el narrador emprende un ejercicio tan narrativo como espiritual: ponerse en el lugar de sus padres encarnándose en ellos, usurpándoles voz y mirada. En virtud de ese trueque emocionante entre la primera y la tercera persona, el hijo comprende al padre que comprendió al hijo: “Periodista, pase. Profesor, pase. Sacerdote si te da la gana. Pero ¿poeta? Al final me convenció. Hasta le presté dinero para que publicara su primer libro. Nunca se lo cobré”. A la espera del encuentro, el narrador lanza botellas al mar. Hasta que los ciervos del jardín corren a ocultarse entre los libros. “¿Por qué te peinas antes de dormir?, me preguntaba mi hermano. Por si sueño con Virginia”.
Las páginas se suceden y la genealogía familiar va dando lugar a la literaria. Por eso, Chirinos da cuenta no solo de hermosas confesiones y recuerdos, de leyendas verosímiles y evocaciones fantásticas, sino también de brillantes reflexiones literarias, notas de lectura y hasta poéticas: “La prosa empieza siempre con alguna idea, a esa idea le siguen las palabras, y a esas palabras –si tienen suerte–, una música. La poesía, en cambio, empieza con una música, a esa música le siguen las palabras, y a esas palabras, una idea. Para algunos la idea es opcional”.
En la última y misteriosa entrada del anuario, una pareja trata de ver el interior de la casa cerrada de Kafka a través de una ventana. Pero el cristal de la ventana refleja la calle. La intimidad es el anzuelo que lanza la buena literatura para obligarte a mirar hacia fuera.
(Fuente: revistamercurio.es)

Quienes leímos el brillante Así procede el pájaro (Pre-Textos, 2004) lo esperábamos: Árboles con tronco pintado de blanco, de Juan Antonio Bernier, es uno de esos poemarios cuyos versos llenan la página. No de tinta, sino de sonidos. Sonidos espesos, ocultos bajo una engañosa parquedad, que se expanden y retumban, como la voz en el interior de una habitación vacía. Bernier es un poeta sin muebles: “OBLICUIDAD / de este rayo de mimbre. // Estambre, / del verbo estar”. No cabe más literatura en diez palabras.
Árboles es un libro de cadencia diáfana y lectura hermética. Sus poemas difuminan las fronteras entre lo físico y lo espiritual, crecen donde la realidad se vuelve intangible, pero aún brilla, huele y nos sopla en la nuca: “Al volver a sentarme, / he perdido una idea. / Pero no su rastro”. Aislados, expuestos al primer plano antinaturalista de Bernier, los objetos adquieren un aura fantástica. No hay en sus versos una subjetividad contenida, sino más bien proyectada: yo es fuera. Una contemplación intensa vacía al hombre y traspasa su humanidad al paisaje: “El aire disimula al sentirse observado”. Los objetos cobran una cualidad magnética, apoderándose de cierto excedente de la mirada.
En mitad de la noche, un tronco pintado de blanco hace visible la carretera, recibe y nos devuelve la luz de los faros. Entre tronco y tronco, la luz parpadea, como los fragmentos de este libro. Es la pintura sobre la corteza la irrupción de lo simbólico. Pero Árboles no está poblado tan solo de realidades rotundas que despiertan en nosotros el sentido, sino sobre todo de las grietas que se abren en dichas realidades: los objetos y su vacío, la voz y su ausencia: “El aire se colaba / por tus auriculares: / una brecha en la malla”. Quizás invirtiendo el tópico becqueriano poesía eres tú, escribe Bernier: “Hay un espacio en blanco. / Ese blanco eres tú”. Porque el amor, como la poesía, también nace de lo que falta: “Pienso en ti, tu lugar. / Lo que no hay”. Construye Bernier, en este sentido, una poética del hueco, mantenida con sabia coherencia a lo largo de todo el libro: “Un socavón / en el suelo / que será una piscina”.
Sobre la naturaleza constructiva hablan los siguientes versos: “El muro está adornado con fragmentos de loza, / alzado con despojos”. Y creo que es el “despojo” una de las claves del poemario. Despojo, en tanto que desprendimiento, renuncia. En este sentido, Bernier traza una curva conocida, que va de la mística española a la epifanía zen, pasando a veces por la visión posmoderna. Así, el “Final natal” del libro: “Mi cabeza tira de mí / como un globo de helio. // No sé / por qué me alejo”. Pero despojo también en tanto que resto, residuo: sus abstracciones no flotan en el espacio ni en el tiempo, el mundo ha pasado por ellas como un accidente: “Vaso de madera / que dejaste volcado / porque estabas cansada y era tarde, // háblate de mí”.
Suceden muchas cosas en un libro de predicados tan escuetos. Sucede, por ejemplo, que alguien habita la luz y la luz habita los objetos; todo. Así, “Un relato pictórico casual” anuncia: “La sombra ha de llegar, / lo sabes, narrativa”. Pero la forma en que se dibujan estos Árboles resulta extraña. Por momentos, los lugares donde debería incidir la luz se quedan a oscuras y todo aquello que la luz no ha rozado cobra transparencia: parecen negativos fotográficos: “Con la luz apagada. // Esta idea de verme”. Revelan estos negativos una voz atrevida en su comedimiento, leve y capaz por ello de llegar muy alto en su indagación estética. Buena poesía más allá de su tiempo.
(Fuente: revistamercurio.es)

Hay gente que pone ladrillos, gente que pone vacunas y gente que salta. Si creían que habían visto todo en materia de inventiva laboral, se equivocan: saltar también puede ser un oficio. Así lo ha demostrado Felix Baumgartner, deportista de alto riesgo iniciado en la milicia, que el pasado domingo decidió lanzarse al mudo abismo de la estratosfera y romper en caída libre la barrera del sonido. A pesar de que, por momentos, el aire amenazó con desarticularlo como a un muñeco de trapo, Baumgartner logró ofrecer a espectadores, inversores y hasta progenitores la imagen de virilidad profesional que se esperaba. He aquí un hombre cuyo mérito no es intelectual ni técnico ni deportivo: es, como todo el mundo sabe, psicológico. Consiste en estar dispuesto a sacrificar el propio cuerpo sobre el altar de los récords mundiales. Arriesgar la vida, no al servicio de la ciencia, sino para llegar un poco más lejos que el mejor competidor. Dado el aparente éxito de la empresa, Baumgartner podría presumir de tenerla un poco más larga que el anterior saltador, si no fuera por un pequeño detalle: el anterior saltó en 1960, cuando los trajes espaciales, los globos y los paracaídas no eran lo que son. No sabemos si el salto supondrá, como anunciaron, un avance en el estudio de la equipación espacial. Lo que sí sabemos es que no estaba subvencionado por una empresa aeronáutica o un instituto de investigación, sino por una marca de refrescos energizantes cuyo logo es un toro embistiendo. Así, cuando usted tome taurina, puede pensar en el estimulante salto al vacío de un megalómano austriaco. Por fortuna a la mayor parte de los mortales no nos hace falta ir tan lejos para comprobarlo: somos condenadamente pequeños.
(Fuente: granadahoy.com)

El siglo XXI ha descubierto a Europa arrasada por el huracán del relativismo, no moral sino del derecho. Cuna de la Revolución Francesa y de la Declaración de los Derechos del Hombre, nuestro irritante continente es famoso en su origen mítico por una violación: la que perpetró Zeus, disfrazado de toro, a una joven a la que secuestró y luego abandonó en Creta. La violencia se encuentra en el origen de muchos ordenamientos jurídicos modernos y permanece en su memoria. De hecho, se podría decir con Weber que el propio Estado se caracteriza no por sus batallas contra la violencia, sino por su monopolio de la misma. Las contradicciones que implica dicha realidad se vuelven más visibles y conflictivas en tiempos de crisis.
Durante los tres últimos años, que amenazan con convertirse en una nueva década ominosa, hemos asistido a un milagro que hubiera dejado boquiabiertos a los dioses del Olimpo: el fortalecimiento de una estructura política gracias a la más espectacular de sus crisis. Ni el ave Fénix. En ese breve lapso de tiempo, hemos comprobado que los derechos laborales, sociales y civiles no son derechos fundamentales, sino relativos. ¿Dónde está el límite de las manías de la austeridad? ¿Cuánto puede llegar a exigir un acreedor para garantizar su préstamo? Considerando que la Troika ha pedido a Grecia que legalice la jornada laboral de seis días a la semana y trece horas al día, como si nunca hubiera habido revoluciones burguesas, la respuesta a la pregunta es todo: una libra de carne.
Este nuevo relativismo tiene como efecto general la suspensión de la democracia, ejecutada por gobiernos que han dejado de trabajar al servicio de la ciudadanía y en representación de su voluntad política. Y, como efectos secundarios, asuntillos en teoría ajenos a lo anterior, pero sintomáticos. Es el caso, por ejemplo, de la cesión, realizada por compañías europeas a EEUU y sin previa autorización, de los datos personales de cualquier pasajero que sobrevuele de paso el territorio estadounidense. O la consideración, por parte de las autoridades francesas, de que las viñetas satíricas de Hebdo son inoportunas y provocativas, como si la falta de oportunidad y la provocación no fueran elementos sustanciales del humor.
Hay quien dirá que lo delicado del escenario económico y político internacional constituye, dentro de la normalidad democrática, una excepción que requiere maneras excepcionales. Yo creo que los derechos desaparecen cuando dejan de ejercerse.
(Fuente: granadahoy.com)

La reforma laboral da sus frutos. Durante el primer semestre del año, más de doscientos mil trabajadores fueron sometidos a procedimientos de regulación de empleo. Trabajar está de saldo. Una empresa arrinconada por la crisis tiene más de una vía para salir de su situación. Desde febrero, no es necesario agotar todas las posibilidades antes de poner en la calle a la mitad de la plantilla. La ley lo permite. Los que se van se enfrentarán al mercado laboral más inaccesible de Europa y a un tambaleante sistema de prestaciones sociales. Los que se quedan serán más vulnerables que nunca: trabajarán con miedo al despido. Dado que la precariedad garantiza el deterioro de cualquier profesión, todos salimos perdiendo.
Durante los últimos años, hemos visto cómo las mayores empresas de nuestro país emprendían drásticos recortes de personal, mientras aumentaba el salario de sus ejecutivos en pago a su buen hacer. Productividad, lo llaman. En 2011 el banco HSBC anunció la destrucción de más de treinta mil empleos, al mismo tiempo que declaraba un porcentaje de beneficio por el que darían un brazo los pequeños empresarios de cualquier país: el 36 por ciento. El mismo camino ha seguido la mayoría de los bancos europeos, que declara la disminución de sus espectaculares ganancias como si fueran pérdidas. Sencillamente no consideran tolerable ganar menos.
Son quienes conceden créditos los que deciden si usted trabaja o no, si tiene derecho a formarse o a una sanidad pública decente. Pero el problema no es de los bancos, que hacen lo que tienen que hacer: ganar lo máximo posible a cualquier precio. El problema son nuestros gobiernos que, en vez de poner límites a su funcionamiento, ponen límites a nuestro gasto público. Gracias al Defensor del Pueblo, hemos sabido hace unos días que el Banco Central Europeo no exigió al ejecutivo de Rodríguez Zapatero que reformara la Constitución para limitar el déficit público. Se hizo motu proprio. Lo bueno de un esclavo convencido es que no necesita ni cadenas ni látigo, porque ya se doblega por sí mismo. Ya lo decía Salustio: “Son unos pocos los que prefieren la libertad. La mayoría tan sólo quiere un amo justo”.
(Fuente: granadahoy.com)

Reviso el calendario olímpico de Múnich 1972: las disciplinas repartidas entre el 26 de agosto y el 11 de septiembre, cada medalla dentro de su casillero con un punto en el centro como una diana. El 5 de septiembre permanece en blanco. Un grupo de terroristas palestinos asesinó ese día, tras un confuso secuestro, a once de los veinte deportistas que componían la delegación de Israel. Créanselo, si es que no lo recuerdan: los juegos no se interrumpieron.
A las Olimpiadas de 1972 no llegué por Spielberg y su película sobre la represión del Mossad tras la masacre. Llegué por Olga Kórbut. Kórbut era una joven y brillante gimnasta de la Unión Soviética que revolucionó cada disciplina en la que participó, inventando piruetas inverosímiles y ejecutándolas con una gracia infinita. Pese a los leñazos que se dieron sus contrincantes tratando de imitarla, muchas de esas piruetas terminaron incorporándose a la gimnasia con su nombre. Sus geniales salidas en pie sobre las barras fueron, sin embargo, prohibidas. Además de ganar tres oros y una plata, Kórbut hizo en Múnich uno de los peores ejercicios nunca retransmitidos. Y después lloró como una niña. Y conquistó el corazón perverso de Occidente, que leyó aquel llanto como una señal de la deseada debilidad soviética.
No, Kórbut no era una niña. O estaba dejando de serlo: tenía diecisiete años. Apenas llegaba, sin embargo, al metro y medio de estatura y pesaba 43 kilos. Fue la primera monstruosa muñequita de la gimnasia. En busca de su figura, las gimnastas del mundo postergarían en adelante su pubertad a base de cócteles hormonales, quizás como ella misma hizo. En Múnich, consciente de las ventajas de su apariencia, Kórbut adornó con una mímica infantil su ejercicio sobre suelo. Al ritmo de un ragtime, acompañó sus fabulosas piruetas de una gesticulación naif, muy pizpireta. “Me sentí -declaró- como si tuviera siete años”. Por entonces ya era, como tiempo después denunciaría, esclava sexual de su entrenador. El mismo entrenador que preparó maniáticamente su encantadora coreografía.
En 1991, recién disuelta la Unión Soviética, Kórbut emigró a los Estados Unidos y publicó sus memorias. No creo que fueran un éxito (ni su emigración ni el libro) porque, unos años más tarde, fue multada por el robo de unas verduras en un supermercado y su hijo detenido por falsificar billetes en casa. La pequeña gran gimnasta había nacido en Grodno, ciudad asediada por diferentes ejércitos unas cuatro veces por siglo. Diferentes imperios reservaron para Kórbut el mismo honor y la misma la gloria.
(Fuente: granadahoy.com)

Es un hecho comprobable y elemental que Oscar Wilde, casi siempre, tiene razón. Así lo afirmó Borges, después de leerlo y releerlo a lo largo de los años. De todos los textos del viperino escritor inglés, ayer cayó en mis manos un extraño ensayo: El alma del hombre bajo el socialismo (1891). Por más que lo leo y lo releo, no sé si tiene razón. Su idea del artista está muy aferrada a una época en la que las revoluciones industriales y el utilitarismo habían desterrado socialmente al arte, por inútil e improductivo, y el arte se defendía tratando de convertir ese destierro en su razón de ser: proclamando su autonomía. De ahí provienen los ataques enconados de Wilde al juicio del público, cuya autoridad encontraba tan corrupta como despreciable. Ese juicio público era, conviene recordarlo, el de la salvajemente moralista Inglaterra victoriana. Una Inglaterra que, en 1895, lo juzgó por indecencia y sodomía, condenándolo a dos años de trabajos forzados en la cárcel, a raíz de los cuales Wilde fallecería.
El alma bajo el socialismo es anterior a la Revolución Rusa. Su posición política no se alinea con el socialismo científico ni con el utópico, pero es en cierta manera una utopía anarcosocialista. A mí me cautivó la más original y extravagante de sus ideas: solo el socialismo permitirá el desarrollo de un profundo y auténtico individualismo. Porque el capital es, de hecho, enemigo del individualismo. Quienes carecen de propiedad privada no pueden desarrollar su individualidad porque dedican toda su existencia a tratar de sobrevivir. Y quienes poseen suficiente como para desarrollar su individualidad no lo hacen, porque están secuestrados por la manía de seguir acumulando. Solo la abolición de la propiedad privada permitirá una existencia dedicada al conocimiento y al placer, entregada al desarrollo de la humanidad en uno mismo.
A raíz del individualismo, el Estado debe, además, abandonar toda idea de gobierno. Porque la autoridad es, según Wilde, deleznable y una comunidad se embrutece mucho más con el empleo habitual del castigo que con el crimen ocasional. Además, añade el dramaturgo, la inmensa mayoría de los crímenes están ocasionados de manera directa o indirecta por la existencia de la propiedad privada. Incluso los pasionales, ya que los celos son una aplicación a la vida sentimental de la lógica de la propiedad privada y también desaparecerían con la abolición de esta. Por más que lo leo y lo releo, no sé si Wilde tiene razón. Pero no se me quitan las ganas de leerlo.
(Fuente: granadahoy.com)


